YUME SEIKATSU
The Cranberries’ Dreams
Oh my life is changing everyday
Every possible way
Though my dreams, it’s never quite as it seems
Never quite as it seems
I know I felt like this before
But now I’m feeling it even more
Because it came from you
Then I open up and see
The person fumbling here is me
A different way to be
I want more, impossible to ignore
Impossible to ignore
They’ll come true, impossible not to do
Impossible not to do
Now I tell you openly
You have my heart so don’t hurt me
For what I couldn’t find
Talk to me amazing mind
So understanding and so kind
You’re everything to me
Oh my life is changing everyday
Every possible way
Though my dreams, it’s never quite as it seems
’cause you’re a dream to me
Dream to me
Tortas Fritas
Estabamos reunidos en un lugar con vista al mar. Tios, amigos pasando un momento el fin de semana.
Era la hora de la merienda y comenzamos a proponer diferentes opciones para el menú. A mi se me ocurrió ofrecer tortas fritas, ya que además de las ganas de comerlas que tenía quería también aprender a hacerlas. Comenzó una ovación alentando la oferta.
Jamas había hacho tortas fritas y poca idea tenía de lo que había que hacer. Le pregunté a la abuela que andaba en la vuelta los ingredientes y sus proporciones. Me dijo algo rápidamente y se fue. No le gustaba mucho la idea de que las hiciera yo y no ella. Lo mismo sucedió con Analía, que ya sabe hacerlas, pero en este caso ella se quedó conmigo asistiendome.
Lo único que yo tenía claro era el nido de harina que se forma sobre la mesa antes de comenzar a amasar. Preparé la superficie para ello, liberé el espacio porque sentía que lo único que podia haber allí arriba era lo que fuera a formar la masa. Armé el nido y coloqué algunos huevos dentro. Amasé pero el resultado fue terrible. Una masa amarronada u dura fue el resultado. Claro, la masa de tortas fritas no lleva huevos!! Y además me había faltado un ingrediente para que leudara.
Comencé un segundo intento pero ahora se me ocurrió ponerle una mermelada de frutilla. Acto fallido, ya que eso tampoco funcionaba, pero ahora estaba a tiempo de separar nuevamente la harina de la mermelada, así que lo hice. De alguna forma mi pelo se vió involucrado en la forma de hacer la masa, y la conclusión, junto a los que me rodeaban, era que tenía que cortarme el pelo para que todo saliera bien. Me resistí rotundamente, muy enojada, no me iba a cortar el pelo. Prefería no comer las tortas fritas.
Mujeres
Conocimos a una pareja en un museo de una ciudad que parecía japonesa por su ambiente lluvioso y gris. Eran muy simpáticos y los invitamos a reunire más tarde con nosotros.
Salimos del museo por una rampa y nos encontramos en un parque. Una mezcla de hormigón, césped y árboles nos rodeaba.
Llegamos a nuestra casa que tenía la cama en el medio del living y varios muebles antiguos similares a los que tiene Chana en su casa. Había al lado de la cama una puerta que comunicaba con la casa de la vecina.
La señora que limpiaba se tenia que ir, en eso la vecina cruzaba la puerta para avisarnos que estaba entrando agua por la pared que compartian ambas casas.
Estabamos en la cama, semi denudos, porque nos habíamos mojado y despedíamos a la limpiadora que salía con las herramientas de limpieza e iba limpiando el camino a medida que avanzaba.
Llegó la noche y fuimos a un encuentro organizado por un garden club. En torno a un tema cada integrante, sólo o con otras personas, por lo general pareja o amigos, realizaban una perfomance.
Entramos a un salón oscuro. Estaba rodeada de mujeres. Una de ellas cantaba sin parar en tonos altos. Al punto que tuve que hacer un comentario a la persona que estaba a mi lado “Ésta se piensa que canta divino”
Comenzaron las presentaciones. Mujeres vestidas de formas muy extrañas pedían la música a la persona en la cabina que estaba armada dentro de la misma sala. Telas de colores, bailes exóticos, parejas que aguardaban las órdenes de sus mujeres para moverse, otras mujeres que daban su entrada saltando por las ventanas.
El show terminó, se armó una mesa de comidas se bajaron las luces y se abrieron unas puertas que daban hacia un gran patio.
Mucha gente conocida que iba y venía y hablaba un poco acá y un poco allá.
Ví que afuera, sentada en una escalera estaba la pareja que habíamos conocido antes. Seguramente estaban esperando vernos para acercarse. Le avisé a Ciro y fuimos a encotrarlos. Traían a su hijo, al que nos presentaron, y traían regalos para nosotros. Ciro había abierto el suyo antes, yo recibo el mío y lo abro junto al comentario de ella que dice en tono cómplice: “ahora que están en preparativos…”. Era un sonejero enrme de plástico de muchos colores, un objeto realmente extraño pero que transmitía mucha esperanza.
Nos retiramos un rato con Ciro y ví lo que le habían regalado a él: una pequeña cuna rosada con un oso rosado dentro de ella. Parecía de juguete.
Volvimos al encuetro de nuestros nuevos amigos. Su hijo jugaba con unas tarjetas que tenían fotografías. Comencé a mirarlas. Entre todas ellas encontré una foto conocida, era de la casa de La Escobilla, llena de muebles viejos.
Le hice una adivinanza al niño, a ver si sabía dónde era ese lugar. No adivinó. Le terminé contando que esa era la casa de mis padres donde yo había vivido hasta los siete años y le pregunté a la madre cómo habían obtenido esa fotografía. Me respondió que estaban por comprar un campo en la zona, justo en ese lugar, que los precios habían subido mucho y querían invertir. Toda esta conversación pasó en un living donde mientras tanto nos servian té.
Volvimos al salón donde estaba el resto de la gente y continuamos en la fiesta.
Otra vez adiós
El abuelo, en un caballo blanco a lo lejos, despidiendose de mí con la mano en alto y una enorme sonrisa.
El caballo comenzaba a levitar y desvanecerse.
Quedaba solo el fondo del campo junto a su casa de La Escobilla
Dulcelogía
Salimos con Nano de la casa de mis padres. La vieja ruta parecía más perdida en el tiempo aún con la luz de la tormenta. Era fantástico, íbamos a ver la locomotora gigante. Al mirar a un costado ella estaba a nuestro lado. Ocupaba todo el ancho de la ruta y su altura era amenazante, debía tener unos diez metros, pero sus colores la hacían lucir simpática. Blanco y verde manzana, me recordaba a algún juguete de nuestra infancia.
Queríamos subir. Tendríams que comprar los boletos. Bajamos las escaleras de la agencia. Mucha gente se levantaba de una aburrida charla que finalmente se daba por suspendida. Salí al patio, un lugar rodeado de los fondos de varias casas en todo su perímetro y que a la vez albergaba rincones con misteriosas sombras. En uno de ellos se encontraba la máquina expendedora de golosinas. Al introducir la moneda no funcionó. Seguí intentando hasta lograr que saliera una avalancha de dulces. Estos estaban hechos con gajos de mandarina, unidos en el centro por espirales de alambre dorado. Formaban rosas; algunas en su forma perfecta, otras desbaratdas por el recorrido desde el interior de la máquina hasta mis manos.
Emprendí mi regreso feliz, con las manos desbordadas de aquellos dulces. Algunos colgaban en tiras, sostenidos desde el alambre, habían perdido su forma original.
Sentado en la silla de un bar, ubicado en otro rincón de este gran patio, el viejo hombre comenzó a reirse de mí. No podía creer que me gustaran esos dulces y que los llevara conmigo en tanta abundancia.
Opel Rekord ‘62
Cantábamos una canción y jugábamos a intercambiarnos diferentes dulces al ritmo de la música. Al terminar el juego miré hacia un lado a una zona de sombra. Se acercaba Mulder y se sentaba junto a nosotros, en el piso, bajo el sol. Finalmente allí se terminaba de definir la relación amorosa entre él y Scully.
Mi espalda se apoyaba contra un muro y con las piernas flexionadas jugaba a que las rodillas se tocaran y los pies se torcieran. Estaba de frente al sol. A mi derecha estaba Laura con su brillante cabello pelirrojo quien le preguntaba a él, perspicazmente, cómo definía la relación entre T y A. El tema era que A le aguantaba la cabeza, mientras que T hacía tiempo que no lo hacía. De todas formas decidieron que eran un buen equipo y nos marchamos.
Me acerqué al auto.
- ¡Vine en el que era de mi abuelo!
Estaba orgullosa de esa antigua joya. Todos la elogiaban. Su color bordeaux, su techo blanco, el tapizado de pantazote beige y la dirección blanca y brillante eran inconfundibles. Un Opel Rekord del año 62.
Subí y arranqué. El sonido del motor era increíble. Sentía un inmenso placer al escucharlo, realmente lo disfrutaba. Era un sonido profundo que explicitaba como toda una maquinaria movía aquel enorme auto.
Comenzaron a subir varias personas hasta que no quedó más lugar. Entre ellas estaban Claudia, Olga, Elizabeth. Andrea estaba embarazada, la ví al doblar la esquina frente al bar de Fray Marcos. Llevé a cada una al lugar donde deseaban ir y pasé a buscar a Analía y Nano. Al volver a arrancar el auto me dí cuenta que funcionaba como un híbrido; al principio comenzaba a moverse silenciosamente y luego estallaba el ruido del motor. Era en ese instante donde aumentaba el placer.
Fue una lástima que el recorrido hubiera sido tan corto. Nos dispersamos en un supermercado para hacer las compras que guardábamos en un canasto de bicicleta. Esa era la única forma que teníamos de llevar todo en el auto.
Nos quedamos en la casa de mis padres. Estaba sentada en la mesa junto a la abuela. Mientras me pintaba la uña del dedo meñique llegaba Olga R con su nuevo compañero. Un señor con barba y lentes, jeans y camisa a cuadros azules. Lo hice esperar hasta que terminara de pintarme la uña para saludarlo. Me preguntó si podía dormir bien o si tenía que tomar algo para hacerlo. Olga también respondió la pregunta cuya respuesta se mezclaba con las tareas que debía realizar el día siguiente.
-Doña Alba, mañana hacemos esto- decía señalando la caldera de acero casi cuadrada que tantos años había existido en la casa de mis padres.
Me sorprendí por lo rejuvenecida y delgada que estaba. Su nueva vida le había hecho muy bien. Me puse a charlar con ella, aunque lo único en lo que realmente pensaba era en seguir paseando en el auto del abuelo.
——
En realidad nunca manejé ese auto, sólo tenía alrededor de seis años en la época que él lo tenía. Tampoco anduve mucho en él. Pero era chica y la relación de mi cuerpo con el auto me hacía sentir su espacio interior inmenso. Sólo recuerdo una vez que fuimos al paso de un arroyo.
Entendí al morocho, cuando escucha un auto y me hace notar lo lindo que suena el motor. Era algo inexplicable para mí. Ahora sé lo que se siente. Anoche me pasó.
——
Marea Verde
Un largo y ancho corredor, de lo que parecía un puerto de embarque de pasajeros, conducía a una enorme rampa que terminaba bajo el mar.
Me acerqué curiosamente a ver como subía y bajaba la marea. Era un espectáculo bastante conmovedor. Recorría la rampa hacia adelante y hacia atrás siguiendo los movimientos del mar. Eso sucedió hasta que un desconocido allí sentado me preguntó con tono de peligrosidad si conocía los efectos de la marea verde.
Verruga en japonés
No estoy segura si era Pilar o Gustavo. Al principio creo que era él, pero luego terminó siendo Pilar.
Pilar estaba internada. Yo la acompañaba. Estábamos sentadas en un banco en la acera de sombra de espaldas a una calle poco transitada. Derrepente sobre su piel, del lado izquierdo del torso, descubrí algo espantoso, a una mezcla de verruga y purulencia. El pus comenzó a salir en abrumadora cantidad, al punto que llamé una ambulancia para que resolviera el problema. Los médicos llegaron en un instante, mientras yo me desesperaba buscando un diccionario que me tradujera al japonés la palabra verruga. El trabajo de los médicos era más rápido que mi búsqueda, ni siquiera llegué a encontrar el ansiado diccionario.
Un par de curitas fue la gran solución.
Luego junto a pilar se sentó la desconocida mujer que la había asistido. Yo la escuchaba, de pie, mientras ella con tono de queja nos contaba lo rápido que había tenido que vestirse para salir de su casa y llegar a solucionar un problema de tan poca importancia.
Mi mirada terminó sobre la piel de Pilar y las dos curitas que cubrían la herida debajo de su seno.